Me imaginé muerto.
E imaginarse muerto es de lo más extraño. Un pensamiento voluptuoso, gigantesco y sobrecogedor, que de pronto ocupa toda tu conciencia y ya no te deja pensar en nada. Como un suspiro que no acaba nunca, o esa extraña sensación que te invade bajo el agua y presiona tus oídos en un silencio sepulcral. En este caso no había silencio, sino el sordo murmullo de la avalancha acercándose, desplazándose destructiva por la ladera de la montaña sobre la cual teníamos montada la carpa. Ni siquiera pensé por un momento en que la roca bajo la cual estábamos podría salvarnos. Y lo hizo, sino no podría estar escribiendo ahora. O quizás si. Pero no importa, el hecho es que durante los breves momentos en los cuales lo único que podía hacer era escuchar aquel sonido ensordecedor acercándose, logré registrar algunas cosas.
En primer lugar observé a Fernando y de pronto me vi a mi mismo. Yo debía lucir igual. Pálido, con un rostro de pregunta infantil intentando observar por los oídos, mirando el techo de la carpa mientras tanteaba el silencio en busca de un panorama. Romper la incertidumbre de no ver nada o quizás incluso, desear que todo pasara más rápido, de inmediato.
Desconcertantemente pensé también en que ni siquiera en esas circunstancias podía plantearme la remota posibilidad de la existencia de un ser supremo, poderoso y omnisciente. No importaba, no servía en lo más mínimo. Después de la segunda avalancha le pregunté a Fernando si creía en dios ahora. Fernando, aún un poco tiritón me dijo que no.

Avalancha
También pensé en mi familia y lamenté hacerlos pasar un mal rato, la angustia que iban a sentir cuando no llegara, y lo mucho que iban a sufrir cuando me sacaran tieso y duro de entre los hielos, quizás en la próxima primavera. De seguro iban a odiar a Fernando, como la familia de Fernando me iba a odiar a mí.
Por último pensé que estaba muerto. Hasta aquí nomas llegué. Hubo un momento de luz, de aquellos que se presentan pocas veces en la vida y se disfrazan como chispazos de lucidez suprema. No hay nada que hacer, ningún lugar donde correr. Estás solo y en unos segundos más, todo va a empezar a doler. Y mucho. Va a desaparecer el cielo y el suelo. Vas a rodar, va a ser frío, y duro y te vas a sentir pequeño y débil. Y te vas a dar cuenta de lo muy flexible que eres. Y vas a crujir y romperte.
El golpe en la espalda que me dio la nieve fue un adelanto. La presión fue máxima. Tan grande, que me di cuenta que no importaba lo mucho que empujara, no iba a poder mover ese volumen acumulado sobre la carpa. Rápidamente se detuvo y noté que la avalancha nos había pasado por el lado. Apenas arrojándonos encima un poco de su exceso. Me sentí aliviado por unos momentos hasta que cayó la segunda. Y otro golpe, esta vez peor, feroz.
Cuando finalmente todo concluyó, salimos de la carpa y con las linternas pudimos ver que el flujo de nieve había excavado un cauce. ahora parecía una breve quebrada a nuestro lado. Al acercarme, me hundí hasta las caderas.
Tardamos 14 horas en cruzar los miserables 10 km que nos separaban del primer lugar habitado. la caminata fue dantesca, todo era blanco y cada paso eran 10 pasos. Los pies se congelaban, el cuerpo pedía calor y cuando menos lo esperábamos, hubo que sacarse los zapatos para cruzar un río que venía crecidísimo. Al final desfallecíamos, nos dolía todo, pensábamos mal.
En el campamento minero nos recibió el inolvidable Zamorano, que nos ofreció unas dobladas y el mejor café que he bebido en mi vida. No habíamos comida nada en más de un día, puesto que la avalancha se había llevado nuestras provisiones.
Se hizo de noche nuevamente, y de día. El camino era imposible para autos, así que tuvimos que seguir caminando, pero ya descansados, y con la comida del gran Zamorano impulsando nuestros pasos. Con zapatos y ropa seca.
Aún no se que pensar. El recordar estos eventos no me causa nada.
Quizás nunca estuve vivo, para empezar.










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